¡No me va a dar tiempo! Reflexiones lentas de camino al super mercado.

Es curioso cuanto puede aprenderse sobre el género humano si, en mitad de la rutina diaria, te paras a observar a los demás sin prisas. El mundo entero está lleno de experiencias cotidianas donde poner en práctica las diferencias entre una y otra manera de vivir. Tampoco se trata de ir con las gafas de la lentitud a todos lados pero, de vez en cuando, no sólo no hace daño sino que además nos proporciona un soplo de aire fresco muy necesario para rebajar la velocidad y el estrés habituales.

Una forma de poner esto en práctica es ir a un super mercado. En general, llenar el carro de la compra, no suele ser una actividad de ocio para la mayoría. Por supuesto que hay excepciones pero suele ser una tarea doméstica más, que llevamos a cabo con el piloto automático conectado. Recorremos estantes, seleccionamos los productos, vamos a la cola y nos apresuramos a casa para colocarlo y poder hacer algo que realmente nos resulte interesante. Lo consideramos “tiempo intermedio”, un tiempo muerto en el que no pueda pasar nada significativo, puro trámite. Nada más…

Como ocurre con todo, aquí también podemos dar una vuelta de tuerca al asunto. El otro día quise disfrutar haciendo la compra de otra manera. Lo primero que decidí fue hacerla en un lugar diferente al habitual, en el que encontrar productos distintos a los que suelo comprar. Así que me subí al coche y recorrí la distancia de casa a la tienda dedicándome unos minutos de rotondas y semáforos acompañados de una banda sonora de excepción. Os aseguro que la experiencia de conducir (que no es en absoluto de mis preferidas) se convierte en algo muy diferente sólo con añadirle un poco de tu música preferida. Porque la música es tan mágica que hace que todo se mueva a otro ritmo aunque los que no la escuchan no puedan darse cuenta de ello.

Lo segundo que hice fue parar el cronómetro (metafóricamente hablando) y permítete recorrer las estanterías despacio, mirar a la gente, echar un vistazo a las macetas de la entrada, escoger con mimo y buen criterio los alimentos que llenarían mi despensa en la próxima semana, pensar en posibles recetas a medida que observaba los alimentos. Por supuesto que en ese rato, tuve la tentación en varias ocasiones de acelerar, de hacer caso a esa dichosa voz interior que te repite todo lo que te queda aún por hacer. “¡Fíjate qué hora es ya!”, “¡No me va a dar tiempo!”, “la mañana vuela”. ¿Te suena?

Comprar sin prisas puede traerte grandes satisfacciones, por ejemplo, la sonrisa de una mujer mayor a la que dejas pasar delante tuya en la caja, cuya charla te despierta esa ternura que habitan en las personas que te recuerdan a tu abuela y al carácter único de su generación.

De este modo descubres que ese puro trámite que hay en tantas actividades diarias puede ser mucho más que eso. Porque el puro trámite está en el desplazamiento del camino al trabajo, en la sala de espera del dentista, en el impreso que rellenas en correos, en la parada del autobús y dentro de él, en la limpieza de la casa, la revisión del coche, la reunión del trabajo, la preparación de la cena, el pago de la gasolina, etc…

Y puedes elegir. De veras que puedes elegir. Puedes darle al botón del play y ponerte esa canción en el coche. Puedes disfrutar del paseo de camino a la oficina. Puedes limpiar la casa con tu programa de radio preferido de fondo o cantando a todo volumen. Puedes proponerte disfrutar realmente preparando esa receta. (¿quizás en compañía?). Puedes dedicar una sonrisa y charlar un poco con el chico de correos, la mujer que te sirve la gasolina o el compañero de fila de delante en el súper mercado. Porque somos seres humanos y como tal podemos disfrutar del placer de mirarnos, comunicarnos, sonreírnos, desconectaros de la rutina. Porque en ese puro trámite también está la vida y, si te lo propones, puede ser tan interesante como el resto.