comienzos

¿Ocupar nuestro tiempo en lo que nos apasionaba de verdad? Quizás para otro momento en que el telediario no pronunciara varias decenas de veces al día la palabra crisis. Definitivamente eran malos tiempos para los soñadores

 

Se han cumplido dos años de vida de mi querido blog y para celebrar mi segundo aniversario me gustaría compartir con vosotros la historia de mi comienzo en forma de relato y mediante tres post. Espero que anime e inspire a aquellas personas que en estos momentos se estén planteado emprender, tomar otro rumbo vital o profesional. Gracias a todos lo que se asoman a este espacio para ralentizar durante un rato su velocidad y compartir conmigo esa otra forma de tomarse la vida.

 

Hacía tiempo que me rondaba una idea por la cabeza. Había ido marcando territorio en mi mente sin que yo me diera cuenta y cada vez me asaltaba más a menudo, a veces, en los momentos más inesperados. La escuchaba de fondo, como apenas un suave susurro de camino al curso para emprendedores mientras atravesaba la Plaza Alta, en mitad de una sesión de cine y palomitas con el chico de las zapatillas o haciendo la maleta para pasar el fin de semana en el pueblo.

A veces me esforzaba por ignorarla y casi podía hacerla desaparecer, como en esas ocasiones en que volvía a casa del súper con la baguette bajo el brazo, ignorando la calidez de los rayos de sol en mi rostro o la sonrisa de ese niño a mi lado. Una vez, en un curso de escritura creativa, escribí sobre una taza de té tomada entre dos enamorados que llevaban toda la vida buscándose y que para ellos contenía todo el universo. Si en ese momento en que me cruzaba con el pequeño hubiera estado atenta, podría haber percibido como me miraba y percatarme de que su hoyuelo y el brillo de sus ojos quizás también podrían contener otro universo digno de narrar en otro de mis relatos. En el menor de los casos hubiera recibido el regalo de su sonrisa.

Un leve giro de cabeza hubiera bastado pero la prisa me impidió darlo. Y al ignorar aquello convertí en indiferente todo lo demás: la fragancia de la lavanda que crecía en el camino, el viento moviendo el pelo blanco y suave del caballo que pastaba a diario en el pequeño descampado frente a mi piso o ese placer tan “ameliesco” de pellizcar y llevar a la boca el primer trocito de pan caliente y crujiente.

No había tiempo para nada de aquello. Aparentemente a mi alrededor no pasaba nada, salvo la vida. Así que volvía a casa, asistía al curso, hacia la comida, viajaba al pueblo o veía cine como si el mundo realmente fuera a la velocidad que yo le imponía, como si la lista de tareas pendientes obligara a hacerlo todo al mismo ritmo.

 

Hacer muchas cosas pero pasar de puntillas por todas ellas. Quizás te suene.

 

Había temporadas en que la idea desaparecía por completo permitiéndome seguir embarcada en mi aparente comodidad y en mi día a día. Por aquellos tiempos consistían en crear un plan de empresa para tomarme en serio mi pequeña productora audiovisual dedicada a grabar eventos sociales que en su mayoría consistían en bodas. Desde el primer año de universidad me atrajo la idea de emprender y por diversos motivos había terminado haciéndolo en un área que no era ni de lejos mi preferida. Pero el trabajo seguía apareciendo y me convencía de que no estaba tan mal. Seguramente, tal y como me decían algunas personas, fuera lo más adecuado para el momento.

 

Durante todos los meses que duró el curso para emprendedores había logrado mantener más o menos a raya la idea. Casi había logrado olvidar que meses atrás estuve a punto de poner en marcha un apasionante proyecto creando, a medias con un amigo portugués, una revista especializada en bienestar.

 

Queríamos volcar en un proyecto lo que realmente queríamos ser pero la realidad y lo razonable siempre terminaban imponiéndose.

 

¿Ocupar nuestro tiempo en lo que nos apasionaba de verdad? Quizás para otro momento en que el telediario no pronunciara varias decenas de veces al día la palabra crisis. Definitivamente eran malos tiempos para los soñadores, casi se podría decir que un país con tantos millones de parados era un acto de egoísmo querer trabajar en algo que te realizara personalmente. Así que cuando mi futuro socio fue trasladado por su empresa a Escocia, yo decidí seguir los consejos de mis profesores del curso que muy acertadamente me decían que la rentabilidad estaba en las bodas.

Todo hubiera seguido su curso de no ser por los dos acontecimientos que sucedieron justo al final y que lo cambiaron todo: un adiós y una noticia. Te lo sigo contando esta semana en el blog. A veces, lo razonable, no es lo mejor. ¿Y tu qué opinas?