Sigue costándonos querernos. Seguimos resistiéndonos a asimilar que esas supuestas imperfecciones de las que tanto nos quejamos, nos hacen diferentes y únicas. Clarisa Pinkola.

Sigue costándonos querernos. Seguimos resistiéndonos a asimilar que esas supuestas imperfecciones de las que tanto nos quejamos, nos hacen diferentes y únicas.

 

Este verano por fin ha caído en mis manos el libro de Clarisa Pinkola, Mujeres que corren con los lobos. Sumergirme en su lectura está siendo como abrir una puerta a un lugar mágico y desconocido donde las mujeres dejamos de ser todo eso que hemos creído ser durante años. He estado combinando su lectura con los libros de otra mujer que inspira ¡y de qué manera! Isabel Allende me ha abierto un mundo de palabras, emociones y sensaciones indescriptible. Me he bebido de un tirón varios libros que tenía en casa de la autora chilena y aún tengo sed. A Clarisa, en cambio, la degusto en pequeñas dosis sólo en momentos especiales y dejando en medio el tiempo suficiente para asimilar con calma sus palabras.  Cada capítulo es una joya.

Leer a Clarisa y a otras mujeres con alma hace que, de repente, el cuento cambie y lo importante ya no sea quedarnos con el príncipe ni derrotar a la madrastra. Lo importante es que la princesa se quiera porque sólo así podrá ser feliz y querer a los demás. Fin de la historia.

La princesa ya no desea una enorme carroza ni unos zapatos de cristal, no necesita un armario repleto de todo tipo de ropa o un cuerpo diez para quererse y que la quieran. 

Ahora a la princesa le da por descalzarse, soltarse el pelo, quitarse el maquillaje y situarse ante el espejo, no para preguntar quién es la más guapa sino la más libre y sabia.

 

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En este acto de rebelión descubre, también, que ya no quieren echar más sacarina en el café ni comprarse unos vaqueros que le aprietan pero que mantienen su ilusión de lucir una talla menos: la talla de las mujeres que aparecen en revistas manipuladas por programas informáticos.

Las nuevas princesas ya no se creen ese cuento, no quieren que las engañen ni engañarse a si mismas. Miran tan sólo un anuncio publicitario en televisión, ese que una conocida marca de cosméticos hizo un día con mujeres reales y se preguntan cómo pudo aquello llamarles tanto la la atención la primera vez que lo vieron si justo eso es lo que somos.  Todo lo demás era, en realidad, el mundo al revés. Era una trampa, una gran mentira, una ficción.  ¿En qué momento del camino las mujeres dieron por verdadera esta imagen ficticia? Sigue costándonos querernos. Seguimos resistiéndonos a asimilar que esas supuestas imperfecciones de las que tanto nos quejamos, nos hacen diferentes y únicas.

Leyendo el libro de Clarisa una no puede más que abandonar para siempre el cuento antiguo. Detrás de ese bosque de palabras que tan magistralmente crea la escritora no hay espacio para esa fabrica de mentiras, sólo para explorarnos y hacernos preguntas como, por ejemplo, estas:

¿Cuánto de la mujer esencial de Clarisa hay en las mujeres que encontramos a diario en el super o en la parada de autobús?, ¿Cuánto hay en nosotras? ¿Cuántas somos conscientes de que no necesitamos aparentar ningún papel para estar a la altura?

(…) ¿Cuantas capas nos separan de nuestra verdadera naturaleza?, ¿Cuánto tiempo de nuestra vida hemos perdido esforzándonos en ser algo que no necesitamos ser?, ¿Qué podemos hacer para querernos más y borrar, poco a poco, todas esas capas? Me apetece mucho escribir sobre esto. Quiero contarme y contaros esta historia muchas veces más. Si te apetece explorarte más de este modo te recomiendo las siguientes sugerencias:

 

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