chicozapatillas

 

Querido compañero de vida:

 Ya he perdido la cuenta del número de cartas que te he escrito y del número de dibujos que tú me has garabateado en servilletas, en cualquier café, una tarde de domingo cualquiera. Sin embargo, pocas veces me he dirigido a ti de manera pública, siendo dentro de este universo mío, el discreto chico de las zapatillas.

 Pero resulta que hoy cumples 32 años. También resulta que llevamos ya más de una década juntos y que hemos conseguido tener algo fuerte, sólido y especial sin creer en eso de las medias naranjas ni de las medias tintas. Creo que esto merece una carta, abierta, como esa que tu me escribiste en mi último cumpleaños y que hablaba de volar sin miedo hacia los destinos que quisiera nuestro alma. Permíteme que la mía, en su mayor parte, hable de algo muy parecido e igual de importante en nuestra historia: viajar.

 Viajar, sin miedo y con la ilusión intacta, a los destinos que nuestro corazón de viaje – ligero de equipaje – como dice el poeta de bombín y libreta, nos envíe. Y déjame encabezar la segunda parte de esta carta con dos palabras que nunca faltaron entre nosotros: te quiero…

 Te quiero porque me llevaste a los tejados de Santa María del Mar y ,de un modo que nunca antes habíamos hecho, nos colamos en el mismo corazón de un libro.

 Te quiero porque fuimos a la torre Eiffel y tomamos una foto dándonos un beso pero, mucho más, porque me llevaste al canal de Saint Martín donde Amelie hacía rebotar las piedras y soñaba con hacer feliz a los desconocidos.

 Te quiero porque pasamos por el puente de los candados y ninguno de los dos quisimos que un objeto así representará nuestra historia y continuamos, entusiasmados, hasta los puestos de libros de la calle de enfrente.

 Te quiero porque inventamos, en cada viaje, unas horas a solas para perdernos sin el otro y, de ese modo descubrí, que a veces perderse en encontrarse. Esperarte en el Louvre escuchando a Edith Piaf , pese a haber quedado en el jardín de Luxemburgo, mientras una abuela y sus nietos jugaban con un paraguas, no sólo no fue tan grave sino que me regaló uno de los momentos más bonitos que he vivido a solas.

 Te quiero porque entiendes los mapas, te aclaras con el metro y te defiendes con el inglés. Supongo que tu me quieres a mi por leer todos los textos de los museos que visitamos de principio a fin y todos los cárteles de yoga y salud alternativa de todas las ciudades que pisamos ¿a qué si? También me quieres cuando hablo el inglés tal como se escribe y espero que me entiendan…

 Te quiero cada vez que llegamos a un nuevo destino y se acaba el estrés del vuelo y de los aeropuertos y caminamos negándonos a usar el autobús o el metros hasta que no podemos más, como si recorrer la ciudad sobre ruedas hiciera a esa ciudad menos auténtica y a nuestra presencia en ellas menos real. Porque así nos hubiéramos perdido muchas cosas: una serie de televisión sobre la república en un callejón de Madrid donde el tiempo se había detenido, un café de escritores en A Brasileira, una librería en el Raval y hasta una estatua de la libertad en mitad de París, al lado de la cual un grupo de mayores hacen taichí.

 Te quiero porque me llevaste al lugar donde el creador de Peter Pan sitúo una estatua del personaje anunciando a los niños de la época en un periódico que visitaran a la mañana siguiente el parque para encontrarla por sorpresa. Me hice una foto junto a Campanilla mientras los cisnes se daban el primer baño de la mañana al lado y los niños londinenses paseaban con sus gorros y bufandas otoñales.

 Te quiero porque nos dimos el si quiero en aquel canal de Brujas y porque logramos encontrar al famoso perro de la tele desde aquel paseo en barca.

 Te quiero porque me llevaste a aquel jardín de tulipanes en Suiza y porque me llevaste hasta el mirador de Santa Lucia en el tranvía más antiguo de Lisboa. Te quiero porque te sentaste en un banco y me dibujaste una servilleta de Pessoa.

 Te quiero por aquel desayuno con croissants en París, porque me diste la mano cuando el avión aún me daba miedo y porque te sentaste conmigo en aquellos rincones mágicos del Born a escuchar a los músicos callejeros.

 Te quiero porque me sentí en paz en aquel paseo de castaños a solas contigo escuchando el sonido de las castañas al caer de los árboles. Te quiero porque cuando viajamos se suceden tres viajes: el tuyo contigo, el mío conmigo y el de los dos. Porque respetamos nuestro espacio, nuestro tiempo, nuestros silencios y nuestras charlas animadas. Porque cada momento tiene un sentido y cada paso y camino que recorremos juntos termina en los dos.

 Y hablando del viaje más grande de todos que es la vida…

 Te quiero porque me enseñaste a sentirme completa pese a haberte encontrado. Te quiero porque no me falta el aire cuando te vas pero se vuelve más fresco cuando llegas.

 Te quiero porque somos dos piezas que encajan a la perfección pese a pertenecen a puzzles diferentes.

 Te quiero porque me quieres libre pero esa libertad me hace volver a tu lado una y otra vez.

 Te quiero porque me pediste que nunca me volviera pequeñita.

 ¿Te he dicho ya que te quiero?

¡Feliz viaje hacia los 32!